lunes, 30 de julio de 2007

De oficios y otras tareas diarias...

Resabiado por la monotonía, he abandonado mi oficio para convertirme en "ladrón de consejos a domicilio".
Imaginando las telarañas del techo en una de esas noches en blanco, llegué a la conclusión de que ninguno de mis oficios es una fuente de placer, ni siquiera una excusa para llegar cansado a casa y aplastar el sofá, acariciar la cabeza de un perro, y conversar sobre los pormenores del día. He dejado de ser paracaidista suicida, devorador de napolitanas, voyeur de medianoche, escritor de pacotilla, cocinero de enfermedades, diseñador de aspas de ventilador, taxista en noches de feria, recogedor de cenizas de difunto, bombero en estallidos casuales, ingeniero de cerveza, vigilante de hueco de escalera... para disfrazarme de "ladrón de consejos a domicilio" (como ya dije).
Mi trabajo consiste en lo siguiente:
-Aseado y con los oidos bien limpios llego  al portal desconocido, leo el nombre de cada uno de los vecinos de cualquier bloque en el buzón, y aquel que más dolor causa a mi retina, pasa a formar parte de mi lista de vidas en peligro de extinción.
-Subo agarrándome a la barandilla, por si un temblor de piernas descoloca los escalones, o la cal de la pared decide venirse conmigo (señalo aqui que en ocasiones cuento con la presencia de un ascensor, que nunca cojo. Una vez de pequeño me fijé en las cuerdas que sostenían el ascensor de mi abuela, y llegué a la conclusión de que por un momento era como empaquetar a un número máximo de cuatro o cinco títeres y mover la vidas con esos hilos, para alguna vez caer en la tentación de soltarlos, y entonces... pellizo en el estómago. Ese dia fue el día en el que decidí que prefría los medios de transporte que me desplazan de derecha a izquierda, de delante hacia detrás o viceversa, con posibilidad de giros inesperados, pero jamás me dejaría llevar arriba y abajo, a menos que se tratara de un tio vivo reparado; ni siquiera la noria es una buena elección)
-Una vez delante de la puerta, me ajusto las gafas, presiono el timbre de botón y cuelo mi mirada por la mirilla, o bien aprendo a diferenciar las sombras que se escapan por debajo de la puerta.
-Hechas las presentaciones, me siento en el borde una cama, en el brazo de un sillón, en la azotea de macetas rojasm y desde ahí ESCUCHAR. Mi papel, algo pasivo, no consiste en vender, ni en comprender, en asentir con la cabeza o sonreir... nada de eso, basta con ESCUCHAR.  Si en mi próxima vida fuera pintor, regalaría cuadros de vidas, óleos de batallas ganadas, carboncillos de encuentros clandestinos, y es que acostumbramos a hablar, a alimentar nuestro ego, a exprimir nuestras vidas, y olvidamos analizar el gesto del que nos escucha (ese soy yo, aunque en mi caso mi intención no es encontrar mi turno de palabra, ni poder compartir mis días, sino ESCUCHAR). 
-Al acabar, palmadita en la espalda, y en mi cuaderno consejos de otros más experimentados, intuiciones varias, adelantos de episodios de mi vida, palabras en desuso...Mientras en mi cuarto, una araña confidente sigue tejiendo la historia de mi vida... 
reja2.jpg

lunes, 23 de julio de 2007

Carta a un soñador

asientotren.jpgLlegado este momento me dirijo a usted, desde el asiento hundido de un tren de corto recorrido, y señalo esto porque seré breve, no será necesario caducar más horas para que éste se convierta en un gran viaje. Pensándolo bien, habrá una posibilidad entre un millón  de que usted  y yo permanezcamos sentados alguna vez cara a cara en algún trayecto, pero si así fuera cierre los ojos y mire por la ventanilla, imagínese el cielo más azul que nunca,ábralos y míreme, habremos compartido un gran instante.
Tratándose ésta de una breve y concisa carta de soñador a soñador, haré referencia a aquellas cosas que podríamos tener en común, las afinidades que en el caso de tratarse esto de un libro, bien podrían aparecer en las referencias ajenas. (Como habrá podido observar, al soñador le cuesta llegar a la idea central, perdiéndose a menudo en continuas divagaciones varias...).
El soñador tiende a poseer un aire despistado (ciértamente tópico, pero no por ello menos típico), y en numerosas ocasiones se sugiere a sí mismo vivir en una especie de realidad paralela. Si usted se considera uno de los tantos que nos quedamos en este grupo, habrá comprobado o comprobará, que el tren se convierte en un lugar con tendencia a la ensoñación y el idealismo, pero no se engañe, es usted el que sostiene la paleta de color para dar vida a todo lo que gira a su alrededor.
Probablemente se sentirá atraído por las vidas ajenas, e intentará psicoanalizar a sus compañeros de viaje a través de su comportamiento, el título de su libro, la banda sonora que se autoaplica, la clase de silencios, el cruce de miradas, los gestos sin importancia... querrá inventarse una vida para cada uno de ellos, poner nombre a su gato o a la ciudad en la que veranea, y de rato en rato, girar la cabeza y perderse en la velocidad exterior.
Intentará esperar con impaciencia y cámara en mano, la milésima de segundo en la cual invertir su última fotografía, aquella que independientemente de la opinión de los demás, será la mejor, la más auténtica, y tarde o temprano será atravesada por una chincheta endeble, para pasar a formar parte de su corcho de las casualidades.  Si intenta recordar el nombre de los personajes de su última lectura, posiblemente su memoria falle ( o no), sin embargo, sabrá que fue importante porque le dio un vuelco, porque en alguna de sus páginas pudo verse reflejado, pero no se preocupe... si abre su bolso o espera a llegar a casa, acuda a su habitación e investigue el cajón de antigüedades, seguramente haya guardado las pistas que lo conducen a la idea que quedó flotando en el aire.
El soñador sueña con volver; se deja atrás un trozo de sí mismo en cada vivencia, y recoge nuevas ilusiones que guarda sin discrección alguna. Vive el presente, cuida su pasado, y no tiene miedo al futuro, porque seguramente no esté entre sus principales preocupaciones. Lee el periódico en el orden que surja, dependiendo del día ( y a ser posible empezando desde el final); mira hacia arriba para seguir el rastro de un avión, y si tiene asiento de ventanilla preferirá que haga frio para sentirlo en el cristal, o bien que llueva para perseguir las gotas con el dedo.
A ti, que vas y vienes, y que a veces crees vivir en un tiempo equivocado, decirte que en el fondo todos somos parte de lo mismo, de la misma matería, y en cambio piezas de un puzzle sin armar, eslabones de una cadena sin sentido... Ningún soñador es igual que otro, he ahí la clave de lo imprevisible, la fugacidad, el pestañeo, el asombro ante las coincidencias, la serendipia, las ganas de perseguir señales. 
Podría continuar pero prometí ser breve, y una voz masculina y algo grave anuncia un nuevo destino. Yo me bajo, pero permítame que le recuerde echar la vista atrás hacia el asiento contrario, seguramente algún soñador haya olvidado alguna de sus ideas sin anotar, o incluso el motivo y palabras de la despedida...
(Como me ocurrió a mí...)
Escuchando...Pascal Comelade  "L´argot du bruit"

viernes, 20 de julio de 2007

sin título...

Pudo ser como aquel hombre, que "ciego" se dispuso a ver su vida pasar en una gran pantalla de cine de verano. 
Sentado entre la chica que una vez comió un helado de menta y el señor de traje gris con flor en la solapa, se aseguró de que su soledad estuviera acompañada por la soledad de otros, y así, poder celebrarla con los labios salados (detalle siempre presente en cualquier buen cine de verano de barrio).
La luz se apagó y comenzó la función. Como habría sido normal, las señoras deberían haber callado a sus nietos, los podrían haber mandado a cualquier rincón oscuro a recoger ramilletes de jazmín, los habrían acompañado a elegir el mejor helado, y éstos ante un cartel aún en pesetas habrían señalado con su dedo inquisidor. Sin embargo, eso habría sido lo normal, pero no estamos ante ese caso. Ese día la sesión se vestía con frac y guantes blancos, acompañando a su asiento al trío ya nombrado. 
El "ciego" se llevo la mano a su cara y con un gesto interesante se sumergió en la gran pared encalada. "la chica que una vez comió un helado de menta" lloró incluso antes de ver aparecer el nombre de los protagonistas, no esperó al título... era obvio, sus historias eran vidas "sin título". "El señor de traje gris y flor en la solapa" se ajustó las gafas y el nudo de la corbata, cruzó las piernas, y como solía pasarle fue arrastrado por un inmenso ataque de melancolía, y sus ojos se mojaron, como cuando alquien te pincha con un alfiler en la planta del pie.  
Y mientras... sal en los labios.
Apagadas las luces y echado el telón, todos ellos permanecieron inmóviles durante tres segundos, el tiempo que pasa desde que tú parpadeas hasta que lo hace el que te escucha, y en algún abrir y cerrar de ojos imprevisible, dos de ellos se levantan y caminan por una alfombra roja, impregnada de despedidas y fracasos. El "ciego" que por un instante cree entender todo lo que ocurre a su alrededor, se regocija chupándose los labios, entendiendo que ha asistido a una función esperpéntica de lo que ha sido su vida, y que desde arriba y oculto, un "podría haber sido Valle Inclán", ha deformado y distorsionado la realidad, para presentarle la auténtica imagen real que hay tras ella...
Se levanta, y con el mismo aire interesante decide salir por la puerta pequeña, por aquella que en un día normal habrían salido las abuelas y los nietos (con la lengua aún dulce), el hombre del bastón y cualquier loco ansioso de presente...

viernes, 13 de julio de 2007

Instrucciones con forma de poema...

"Éste es mi contestador automático.
Para herir, simplemente, marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 4.
Para interpretaciones literarias producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación, no marque nada,
pero tampoco cuelgue, titubee en el teléfono (a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato a intervalos de tiempo cada vez mas largos.
No desespere.
Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias."
Vanesa Pérez Sauquillo

sábado, 7 de julio de 2007

IMPAR

Hay mentes (o personas, como más os guste) que viajan en la misma dirección. Sueños que toman vida en forma de fotografía, encerradas entre cuatro paredes. Guiños cuyo único traductor válido es el propio guiño. Dicen que hay comunicación cuando EMISOR y RECEPTOR comprenden o tratan un mismo código. (1 + 1= 2; 1 x 1=1). Esto me trae a la mente a Ciorán cuando decía en "La tentación de existir" que poeta y carnicero pueden llegar a tener los mismos sueños gracias al loco que llevan dentro. El loco que llevo conmigo se sienta a observar en bordillos solitarios, guarda en su memoria todos aquellos cigarros mojados y olvidados, prefiere un mundo azul en el que lo IMPREVISIBLE gobierna, ofreciendo casualidades a todo aquel que confía.

En definitiva, algo que se escapa de nuestras manos nos lleva a girar una y otra vez, a no perder de vista al elemento NEÓN, a sentir la distancia física y no dejando cabida a aquella más esencial, que es la que verdaderamente nos hace sentir cerca  o lejos a las personas.
(Y sí... curiosamente hoy es 7/7/7, como no podía ser de otro modo, IMPAR, claro que sí. Estoy segura ahora más que nunca que las cosas suceden cuando suceden)

viernes, 6 de julio de 2007

38 grados a la sombra...

El entusiasmo y el afán por vaciar nuestros bolsillos, y poner sobre la mesa todo retrovisor.jpgaquello que contienen,  nos pinta una sonrisa permanente en la cara, pero enmudece nuestras palabras, y hace volar las ideas que creías ver bailar cada día sobre tu mano...

Escuchando (y sacando del bolsillo) Voyage, voyage (Desireless)...

lunes, 2 de julio de 2007

+...

"Depende del cristal con el que miras
Todo es horrible o terriblemente bello.
No fue bueno pero fue lo mejor todo casi todo salio de otra manera."
E. Bunbury 

(Porque el vaso siempre puede estar medio lleno o medio vacío... según con el cristal que quieras mirar... ¿Y tú, con cual miras? )

  "Había una vez un hombre que vivía cinco minutos en el futuro.
    Cinco minutos y nada más que cinco minutos adelantado en relación al resto de los vientos y de las mareas, de las personas y de los animales de este planeta.
    No es que semejante don le sirviera demasiado. No podía, por ejemplo, ganar fortunas en las carreras de caballos ni en la lotería. Tampoco hacerse rico iluminando profecias importantes. Cinco minutos era muy poco tiempo.
    Apenas saber que en cinco minutos iba a empezar a llover; que su insoportable primo golpearía a la puerta y el tiempo justo para apagar todas las luces; que el asesino era este y no aquél en esa novela policial o en esa película; que ella iba a llamar por teléfono para regalarle o mentirle aquello que esperaba desde hacía mucho más que cinco minutos.
    Contar cinco veces hasta sesenta. Contar hasta trescientos. Contar despacio como si se contaran postes de electricidad en el camino, autos, latidos de corazón, golpes.
    El día en que el hombre que vivía cinco minutos en el futuro salió a la calle gritando que el mundo había llegado a su fin nadie le creyó, claro; pero tampoco tuvieron demasiado tiempo para reírse del hombre que vivía cinco minutos en el futuro."

La velocidad de las cosas. (R. Fresán)
 

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